Perder a un padre es el infierno puro, así que no me digas que lo ‘supere’

Mientras escuchaba el horrible sonido del teléfono, desde la UCI donde mi padre estaba muriendo, realmente creía que esta sería la parte más difícil. Había estado preparando mi mente y mi corazón para este día durante meses.

Habíamos descubierto por primera vez que mi padre tenía cáncer de esófago hace apenas nueve meses. Desde entonces, todo había sido un infierno de sesiones de quimioterapia, hospitalizaciones, visitas al médico y dolores de cabeza. Sabíamos que lo inevitable estaba a punto de llegar. Sabíamos que su cáncer estaba a punto de ganar y llevárselo, de llevarse a nuestro querido padre y abuelo.

Sabíamos que se estaba muriendo. Nos estábamos preparando para poner su cuerpo ya inundado por el cáncer a descansar por última vez.

No estaba cerca cuando la enfermera me decía al teléfono que mi padre ya se había ido. Estaba a casi 3.500 km de distancia cuando me lo decía. Pero respiré un pequeño suspiro de alivio al saber que mi padre había dejado de sufrir. Finalmente estaba en paz.

Me dije con confianza que lo peor ya había pasado.

Sin embargo, mi viaje por el dolor y el duelo no hacía más que empezar. Este tiempo ha sido muy doloroso, desgarrador, pero también han habido momentos maravillosos. Las etapas van y vienen.

Lo que quizás no sepas es que mi padre falleció hace más de cinco años. Pero no pasa un día en el que no piense en él, en el que no esté de luto por él, en el que él no esté en mi mente. A menudo me encuentro pensando en algo que quiero compartir con él, como un éxito profesional o que mi hija haya sacado una buenísima nota, y me doy cuenta de que no puedo.

No, no he superado mi dolor. Nunca podré superarlo.

Agradezco por ello.

A algunas personas les gusta llamar a la aflicción un “proceso” o decir que hay “etapas”. Pero no estoy de acuerdo. Esas dos palabras implican que hay un final para el dolor, lo cual simplemente no es cierto.

No se puede decir: “¡Sí, se ha acabado el echar de menos a mi padre!”. No funciona así.

Mi dolor no desaparecerá pronto. Me encantaría que la gente dejara de decirme que lo supere.

Honestamente, me gusta la persona en la que me he convertido desde el fallecimiento de mi padre. Me he convertido en una mejor persona ayudando a los amigos que están lidiando con sus propias pérdidas. Me he dado cuenta de que docenas de ramos funerarios se tiran a la basura después del funeral, así que yo traigo vino en su lugar.

Me ofreceré a hacer recados necesarios en lugar de traer otra comida. Me he vuelto una persona mucho más empática.

También soy más amable con los extraños que me rodean. Si el cajero del supermercado no es tan amable como yo querría, considero que tal vez solo esté teniendo un mal día. Pienso en la época en la que tuve un ataque de pánico mientras hacía la compra y acabé dejando las compras ahí tiradas. Nadie sabe por lo que otra persona está pasando, así que he aprendido que siempre es una buena idea ser amable.

No le pregunto gentilmente a mi amiga de la asociación de padres cómo le va después de enterarme de que ha perdido a su madre. Simplemente le digo que la muerte apesta. Eso es exactamente lo que necesitaba oír cuando murió mi padre. Su muerte me ha hecho convertirme en una mujer más atrevida y menos preocupada por las convenciones sociales.

Nunca me oirás decirle a alguien que está sufriendo terriblemente por una pérdida que “está mejor muerto” o que “Dios le está esperando”. A veces, guardar silencio y estar a disposición de una persona que se enfrenta a una muerte es lo mejor que uno puede hacer.

Cosas pequeñas y sencillas, como ayudar con las compras u ofrecerse a recoger a su hijo de la escuela, es la mejor manera de ayudar en tiempos como estos. El dolor me ha enseñado que las palabras no siempre ayudan, las acciones sí.

Ahora estoy en el club de las personas que han perdido a un padre. Todos seguimos adelante, cuidando silenciosamente de nuestras vidas mientras lidiamos con el dolor que no desaparece tan rápido como la gente quisiera pensar que desaparece.

Así que, por favor, te lo suplico. Deja de decirme que lo supere. No lo haré, y no quiero hacerlo.

¿Qué te ha parecido este artículo? Sabemos que la muerte es dura, así que déjanos algunos comentarios al respecto. Luego, compártelo con tus familiares y amigos, quienes tal vez necesiten leerlo.

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